Capítulo 5: La marca del caníbal

Libro I

Era, en todo el sentido de la palabra, un bosque tropical de pies a cabeza. El calor infernal de los alrededores se veía mitigado con la ayuda de tantísimos árboles y plantas, que pasaban de arbustos a flores y de ceibas a palmeras. Aunque templado, aquel clima no dudaba en hacer sudar a quien se atreviera a hacerle frente.

Las dos figuras que se movilizaban a través de sus extensos caminos lo entendían mejor que nadie. Llevaban horas caminando contra el matorral espeso, vistiendo ropas de camuflaje que eran acompañadas por bizarras armas de fuego.

Se veían como rifles viejos, de cerrojo, aunque estaban hechos de roca amarillenta y pintados con glifos sutiles a ambos costados de sus mangos. Ni siquiera parecían tener un mecanismo de recarga verdadero.

El primer hombre, que era ligeramente más alto que el segundo, se detuvo en su paso, pegando un jadeo alargado. Extendió la palma, haciendo una señal de parar, antes de descansar sobre sus rodillas.

—Hasta las bolas —respiró hondo —. Tenemos que echarnos un descanso. Acampar o algo.

—Pfft.

—No es gracioso, ¿ok? Tengo pie plano.

—No llevamos nada de camino, hombre.

—¡Más de 6 horas como mínimo! Mira el sol. Cuando salimos aún estaba oscuro.

—Mala idea por nuestra parte.

—¡Lo fue! Este sitio es un puto desastre, te lo digo. Si nuestros velthar fueran una mierda habríamos muerto pero para ayer.

El segundo hombre, un poco más bajo, descansó ambas manos en las caderas. Su compañero no acababa de mentir, debían recuperar energías. Mínimo unas 10 veces se habían enfrentado a la muerte durante su trayecto, y ni siquiera había sido tan extenso.

—Ok —habló, tras pensarlo —. Pero recuerda lo que nos dijeron. Una siesta por persona, no más de una hora cada uno. Después de esto tenemos que seguir hasta el final.

—Sí, sí, viva el hogar original y lo que sea.

—Mírate nada más, el que no se calla nunca con el lemita. Saca la illa mejor.

El alto bufó ante la afirmación, entonces escarbó a través de su bolsa. No tardó en asomar una estatuilla de metal que representaba una suerte de reptil, o más bien anfibio alargado; acompañado también de un pequeño tarro de vidrio que en su interior resguardaba un fluído en color pastel, azulado, casi celeste, que emitía un brillo tenue.

Mientras hacía esto, el otro hombre, que cargaba en su espalda una mochila mucho más grande, sacó de allí una sábana alargada que reposó contra la tierra. Le siguieron un par de sacos de dormir con pinta extrañamente moderna, nada que ver con la apariencia de sus demás utensilios.

—Voy a hacer café —exclamó, mientras terminaba de acomodar el par de camas portables.

—¿Ah, sí? ¿Te aplaudo?

—A ver, no vendría mal. Para levantar la moral.

—Odio el puto café y sabes que odio el puto café. Eres un gracioso.

—Calma, pie plano. Se me olvidan esas cosas.

—Ajá. Muévete pa' allá.

Dicho y hecho, el hombre más bajo hizo caso a la instrucción y dio espacio a que su compañero hiciera el trabajo sucio.

Con cuidado, el alto se agachó en el suelo, abriendo cuidadosamente un agujero en la tierra con ayuda de sus dedos. Allí, acomodó la estatuillla del pequeño animal justo en el centro, antes de destapar el frasco que había sacado junto a esta.

Echó una gota del líquido encima del objeto. No tardó nada en verse asimilado contra su superficie, como si estuviera atravesando una hoja de papel, aunque lo hacía a través del metal duro. Entonces, con movimiento casi que apurado, el sujeto volvió a introducir la tierra de donde la había sacado, enterrando la illa por completo.

No tardó nada en que, frente a sus ojos, desaparecieran repentinamente tanto el soso campamento, como los sacos de dormir, y también su compañero. El que había efectuado el ritual se permitió sentir un escalofrío.

—No me voy a acostumbrar nunca a este tipo de cosas.

—¿Por? —exclamó la voz del sujeto más bajo, aunque no podía vérsele por ningún lado —. ¿Te asusta?

—Tenemos que conseguir uno que también camufle el sonido, esta cosa no nos sirve de nada así como está.

Entonces el hombre se arrastró hacia adelante, desapareciendo en el aire, como si su cuerpo se fuese rebanando contra una pared invisible hasta que no quedó nada.

Adentro del espacio protegido, esperaba nuevamente su socio, sentado en forma de flor de loto mientras comenzaba a sacar los respectivos termos y cafetera de pistón, colocando las cosas en un sitio fácil para trabajar.

—Desde que no abras la boca —habló, empezando a echar el agua caliente —, todo debería ir perfecto.

—Es poco práctico, carajo. Es todo lo que digo. Enterrar muñequitos en el piso, echarles ungüento que brilla en la oscuridad, escuchar a un pendejo hablar a través del aire. Este sitio es jodidamente raro. A veces me vuelve loco.

—¿Tú crees? —El aparente amigo se encogió de hombros —. A mí me parece que es cuestión de acostumbrarse. Hay gente que hasta pagaría por estar aquí, ¿sabes?

—¡Pues que esa puta gente lo haga y nos saquen a nosotros de este cochinero! ¿Tú qué haces hablándome ahora de "acostumbrarse" y de "agradecer la aventura que otra gente quiere tener"?

—A ver, tampoco es tan así. Simplemente... No sé. ¿No sientes lo mismo? Últimamente este sitio no es tan terrible. Hasta se disfruta.

—Hermano. Hace como 20 minutos un perezoso gigante casi te mete una de sus garras bien hasta el fondo del recto. Y ese fue el bicho más suave que nos encontramos.

—Es un buen punto. Más allá de los dioses locos y los fantasmas y los animales mutantes, desde que estoy aquí me siento más... No lo sé. Lo que sea. Hay cosas del dichoso "hogar original" que no extraño tanto, es todo.

—Como sigas hablando así ya te veo poniendo una carta de renuncia mañana. No puede ser que no extrañes la vida en casa, hermano. Deben haber mil y un cosas que te hagan decir: "carajo, ojalá volver a tener esto".

—Hmm. ¿Sabes qué? Poder pedir carro por aplicación. Yo también estoy hasta la puerca de caminar todo el día. Y eso que no tengo el pie plano. ¿Tú?

—Amigo... El puto YouTube.

—¡Já!

—No tengo nada que ver mientras como. Toda esa mierda de que supuestamente te arregla el cerebro no me ha servido, es aburridísimo.

—Quizás depende de la persona. A mí ahora almorzar en silencio me gusta. Los pájaros por aquí cantan bien.

Y mientras decía eso, terminaba finalmente de prepararse su cafecito. El líquido oscurecido bajó a través de la taza, cayendo sobre el vaso cerámico que se había puesto frente a él para poder empezar a beber.

—¿Café? —concluyó.

—Ja, ja.

—Ups.

—Hermano, te estás poniendo muy cómodo viviendo en este caos. Te lo juro. Te das cuenta de que estamos en un grupo creado precisamente para salir de aquí, ¿no?

—Ya, ya. No digo que quiera quedarme. Simplemente no me parece tan mal sitio.

—Lo que digas.

Entonces el más bajo se encogió de hombros, procediendo a darle un sorbo suave a aquel producto hirviente, que por alguna razón no llegó a quemarlo o siquiera molestarle. El alto hasta dejó salir un escalofrío. Como había comentado antes, aún no se acostumbraba.

Les siguió un silencio algo incómodo, que para su mala suerte no duró mucho. Quizás habrían preferido un par de horas tediosas al desastre que estaba por ocurrir.

—Huh... —El más alto fue el primero en notarlo.

—¿Mhm? —Exclamó el más bajo, echando otra probada a su bebida.

—Oye... Este bosque. Es tropical, ¿verdad?

—La última vez que lo vi, lo era, sí.

—Pues mira otra vez. Pendejo.

Y habiendo dicho eso último, el hombre señaló hacia arriba, en la montaña.

No eran pocos los copos de nieve que comenzaban a bajar a través del matorral. Vagaban por el aire, desvaneciéndose al tocar el suelo.

Siguiéndoles de cerca, un sonido escalofriante, como de múltiples ramas rompiéndose a la vez, comenzaba a retumbar contra cada esquina del bosque. La tierra de los caminos ya formados pasaba lentamente de un marrón vivo a un negro insípido. El blanco helado rellenaba las hojas hasta abrazar por completo su color.

La selva tropical comenzaba a llenarse de nieve, las plantas morían y las flores se perdían en la niebla. La dicotomía entre el área donde estaban ellos y la punta de la montaña era brutal. Una mitad estaba en verano y la otra en el invierno más frío.

—No nos dijeron nada de un cambio repentino de bioma... ¿O sí? —volvió a preguntar, el más alto.

—Directamente no había un "cambio repentino de bioma" hasta hace 5 minutos, Donovan. Lo habríamos puto visto. ¿Qué carajo?

—Ah, pero los pájaros por aquí cantan espectacular.

—Shh.

Quien no era Donovan se colocó el índice entre los labios, entonces señaló hacia arriba una vez más. Y es que ya no era visible solamente un camino nevado. Ahora, acababa de emerger desde las sombras una figura en cuatro patas, cuyos ojos hambrientos se clavaron directo en la ubicación de los dos hombres.

Cualquiera que lo observara a primera vista se vería engañado, asumiría que se trataba de un amphicyon común y corriente; o un oso-perro, como le llamaban por lo general. El mismo animal en el que cierta mujer de cabellos verdes se había transformado en otro momento y en otro lugar.

Sin embargo, bastaría con observarlo durante más de un par de segundos para notar que no se trataba del depredador en su estado típico. Este espécimen carecía de pelaje. En su lugar, toda su piel había sido reemplazada por una plasta grisácea, de textura seca y enfermiza, cruelmente decorada por manchas negruzcas y marrones que le recorrían casi todo el cuerpo.

Parecía derretirse contra su propio esqueleto, se le notaba anémico. Abajo, donde se suponía que debía tener sus patas, lo único visible eran huesos blancos y filosos a los que les iba creciendo carne a medida que se subía la vista hasta llegar a las pantorrillas del animal.

Su mandíbula no era distinta. La parte baja no dejaba nada a la imaginación, era como si le hubieran arrancado todo el calor de un solo movimiento. Mientras tanto, la trompa alta aún mantenía esa semi-piel grotesca que hacía parte del resto de su ser. De entre los dos cartílagos brotaba una espuma rojiza, la estaba babeando con evidente rabia.

Era un detalle específico, sin embargo, el que destacaba ante todo lo demás: sobre ambos costados de la cabeza, dos protuberancias huesudas se elevaban una a cada lado. Eran extensas, curvas, con puntas afiladas que amenazaban una muerte rápida. Astas.

O, desde la perspectiva de cualquiera que lo viera, más bien cuernos.

—Cristo bendito —Donovan jadeó, tapándose la boca —. La puta madre, Díaz —susurró a gritos, volteando a ver a su compañero —. ¿Eso es un puto oso-perro zombi?

—No —La voz de Díaz, que hasta todo este momento había mantenido un despreocupe de admirar, gimoteó con temblor nervioso —. Es mucho peor. Déjalo todo, nos tenemos que ir ya.

—¿Y la misión?

Díaz no contestó, no era necesario, y su compañero se dio cuenta de inmediato de lo estúpido de su pregunta. No iba a cumplirse ninguna misión si para empezar no regresaban con vida.

Se levantaron en cuclillas, intentando hacer todo el silencio que les fuera posible. Sin embargo, aquello no parecía haber sido suficiente.

De par de en par, docenas de orbes blanquecinos se levantaban uno a uno a través de una oscuridad abrumadora que antes no estaba allí. Oso-perros, jaguares, aves, simios y bestias por montón. Todos y cada uno con la apariencia de cadáveres vivientes. Todos y cada uno con la marca de él. Los cuernos del caníbal.

—Donovan... Avisa al escuadrón. Esto -- yo... Mierda. Estamos jodidos.

—¿Qué coño está pasando, hermano? ¿Qué putas es esto?

—Había leído sobre esto pero... No creí que-- ¡Carajo! ¡Donovan!

Un camuflaje meramente visual no haría nada contra animales salvajes de estómagos eternamente vacíos. El olor de su miedo era más ruidoso que cualquier grito.

La primer bestia en atacar fue también la primera que los había visto. Sus astas golpearon con fuerza descomunal, y seguramente habrían atravesado a cualquiera que corrirse con la mala suerte de no tener el velthar que poseía Díaz bajo su muñeca.

Momentáneamente, aquel tatuaje tribal brilló en un rojo potente que se desvaneció tan pronto como apareció. Las manos del hombre lograron tomar cada asta con relativa facilidad, mas la onda de impacto generada por el choque de ambos seres fue suficiente para hacer volar el polvo.

El café derramado presenció cómo el sujeto aprovechaba las protuberancias esqueléticas del ente, forzando su torso a darse vuelta y, junto a este, también la cabeza completa del animal. Logró levantarlo de un movimiento pesado, forzando a su cráneo a reventarse contra el suelo. Durante un segundo, parecía que la super-fuerza de su glifo había sido suficiente para salvarles.

Pero, por supuesto, el hombre no se vería tan preocupado si aquel hubiera sido el caso.

—Jesucristo, Díaz. Allí. ¡ALLÍ!

Era una estampida. Cada cuadrúpedo a los pocos cientos de metros de distancia que les separaba, empezó a moverse con agilidad descomunal, ajena a sus apariencias demacradas que les hacían ver como si fuesen a desbaratarse en cualquier momento.

En el tobillo de Donovan, un brillo anaranjado hizo acto de presencia; su velthar se activaba tal y como había ocurrido con el de su compañero un segundo atrás. Apuntó ambas manos al frente y, en cuestión de un segundo, brotó de sus palmas una luz intensa que espetó un sonido dantesco.

Grandes explosiones le salían disparadas de las manos, haciendo volar en pedacitos a decenas de aquellos monstruos sedientos cuya baba carmesí no paraba de brotarles de entre los colmillos. A pesar de las heridas, los que aún estaban en una pieza no llegaron ni a inmutarse, mantenían un ritmo apresurado.

—La radio, Donovan. ¡La puta radio!

—¡Está en mi mochila, carajo!

—Agárrala y corre. ¡Corre!

Díaz soltó finalmente los cuernos del animal que aparentaba muerto contra la tierra. Su cabeza se había partido en dos y la sangre que brotaba de ella no llegaba ni a ser roja. Tenía un color negruzco, con una textura grumosa que se pegaba al suelo.

Donovan disparó un segundo ataque en dirección a la estampida. Luego un tercero, luego un cuarto. Para el quinto, empleó únicamente una mano, mientras la segunda la usaba para tomar la correa de su bolsa.

Fue allí que el oso-perro volvió a levantar. De su cráneo partido colgaba aquel masa lúgubre que se suponía era su propia sangre, tan coagulada que se mantenía en un estado semi-sólido. Con una velocidad temible, regresó adentro de su propio cuerpo, mientras su tejido se unía contra si mismo hasta volver a tomar su forma original.

Su ataque volvió a dirigirse al hombre alto. Fue recibido por una patada brusca por parte de Díaz, que lo lanzó varios metros al costado. Mas la bestia no sentía dolor, ni cansancio, ni ninguna otra cosa que no fuera ansia. Corrió otra vez, listo para seguir mordiendo.

—¡Ya! —Donovan avisó, en su mano mantenía un walkie-talkie negro, parecía de grado militar.

Y entonces dieron la espalda. Mas cuando comenzó un trote de velocidad masiva, allí notaron un terrorífico aspecto que hasta entonces no habían tenido tiempo a ver.

La nieve se había extendido.

Lo hizo tanto que los árboles sobre ellos, antes verdes y llenos de vida, ahora se pudrían a velocidad máxima. Lo hizo tanto que la illa de camuflaje que habían enterrado, acabó viéndose atrapada entre el mar blanco, congelándose hasta perder su efecto.

Intentaron correr, como era el plan. Y no fallaron por falta de velocidad o de intención. Era simple y llanamente una cuestión de hambre. Sus perseguidores, todos y cada uno, resguardaban en sus cuerpos un hambre enfermiza. Demasiado extrema como para poder hacerle frente.

Cada animal cuya cabeza había salido volando o cuyas patas se habían partido en dos, se reconstruía con la misma velocidad con la que habían explotado. Cada uno era más rápido que el anterior. Cada uno más agresivo.

Para cuando Donovan sacó la antena y apretó el botón, un ave del tamaño de un gato le atravesó la muñeca con su pico, causando que tirara el aparato por el dolor.

Su grito, extenso, fue escuchado por su compañero, quien le había tomado la delantera. Mordiéndose los dientes, Díaz intento dar media vuelta y darle apoyo, antes de notar que un segundo pájaro se dirigía también hacia él. Golpeó hacia un costado, sus nudillos chocaron contra la textura insípida de su plumaje seco, generando un crujido como de hojas siendo aplastadas.

El bicho salió a volar varios metros hacia el sur. Díaz pegó un salto hacia la posición de Donovan, solamente para notar lo realmente fútil de sus pretenciones. El primer hombre, el más alto, ya se encontraba en el suelo, con dos bestias enormes mordiéndole de la pierna y el brazo.

La situación era tan rápida, desesperante, que ya ni siquiera había tiempo para detectar qué cosa era cuál, o qué tan grandes resultaban realmente. Lo único que sabían era que uno solo de esos despedazaría a cualquiera con facilidad terrorífica.

—Carajo —bufó Donovan —, carajo... ¡Carajo! ¡CARAJO! ¡SUÉLTENME, CARAJO!

De su palma brotó una explosión. Luego otra, y luego otra más. No iban dirigidas hacia ellos, estaban demasiado cerca y lo harían estallar a él también. Pretendía espantarlos con el sonido, con el calor, con el destello. Pero nada de eso iba a funcionar. No con criaturas como estas.

El segundo crujido que se escuchó en ese momento no vino de otro de esos cadáveres vivientes, sino del pie del hombre, cuya carne era triturada en vivo y en directo.

—¡DIOS SANTO! ¡OH, DIOS! ¡Díaz! Mierda-- ¡Dios mío!

—¡Ya, ya sé! ¡Ya vo--! ¡Ya voy, maldita sea!

Pero no podía hacer nada. Ya estaban todas allí. Con sus ojos furiosos y sus fauces rasgadas, con la rabia carmesí espumeando a través de sus comisuras.

Para cuando intentó dar la primer patada, el primer golpe, el primer cabezazo, ya era demasiado tarde. La pierna de Donovan voló por el aire, seguida de un grito desgarrador impulsado por un dolor infinito.

Le siguió su antebrazo, luego unas fauces brutales en la costilla, otra mordida en el hombro, otra más en el estómago. En sus inútiles intentos por salvarse la vida, seguía usando su velthar para disparar nubes de fuego por todos lados, imposibilitando aún más los intentos de su compañero por acercarse.

Con la garganta cerrada ante el horror infernal que presenciaba frente a él, Díaz no tuvo otra opción más que correr. Tomó la radio en un movimiento rápido y dio la espalda a quien se suponía que era su compañero.

—No —murmuró la víctima —... No... Ayuda... Oh, Dios. Oh Dios mío. Por favor. Por favor no —Cada vez más débiles, sus palabras se veían decoradas con el sonido de su propia carne despedazándose trozo a trozo —. Yo sólo -- yo solamente... Solamente quería volver a mi casa... Quiero volver a mi casa... Alguien. ¡ALGUIEN, POR FAVOR! ¡DÍA--!

Su voz se detuvo de una manera tan seca que resultó hasta enfermizo. La vida del hombre se perdió así, en un microsegundo, sin pena ni gloria ni la capacidad de luchar o decir adiós. Sus ojos se apagaron junto al chorro carmesí que le salió disparado del cuello, y así como así, los monstruos continuaron devorándolo a una velocidad brutal.

Díaz sintió un frío intenso en su interior, y no era precisamente aquel de la nieve que caía a borbotones. ¿Cuántas veces había visto situaciones similares? Ya no solo en este lugar, sino también en su día a día antes de ser transportado aquí.

En otras épocas lo habría llamado injusticia. Accidentes sin sentido, muertes repentinas, sufrimiento que únicamente ocurría por la vanidad de un destino absurdo. ¿Hoy? Hoy lo llamaba vida. Ya no había lógica en intentar dar una explicación a los horrores del universo. Simplemente pasaban. Podías decidir llorarlos o ignorarlos, pero nada más.

Usaba su super-fuerza para aumentar la potencia de sus piernas al correr, consiguiendo pasos mucho más largos y firmes que permitían una velocidad enorme. Y aún con esas, sentía de cerca a los animales zombie que le seguían el paso sin el titubeo más mínimo.

Desesperado, apretó el botón de la radio, que desde antes ya se hallaba en el canal pertinente. Al final del día, solamente tenían permitido usarla en casos de emergencia. Y si existía un caso de emergencia del que avisar, este era el más grande de todos.

—¡Hah -- ! ¡Habla...! ¡Al habla Leonardo Díaz, escuadrón de reconocimiento 17 en Tarevia! ¡Por favor reúnan a nuestras mejores fuerzas! El... ¡Puta madre!

Sí. Aquel quejido no había sido gratuito. Cuando el hombre resbaló no lo hizo por obra de su propia torpeza o un mal diseño en las botas que traía puestas. Una rama seca había salido disparada de un árbol, por debajo de la nieve fresca, y lo había hecho caer.

A lo lejos, observando con atención, se ergía la figura de él.

Díaz giró en su sitio para intentar patear al aire, defendiéndose por instinto de cualquier ataque que pudiera recibir. Allí es cuando lo notó. Lo que sospechaba desde el inicio y no era especialmente difícil de confirmar.

El tamaño de su silueta superaba a las copas de los árboles. Tenía un cuerpo raquítico, flaco como una rama, con brazos anoréxicos de longitud enfermiza que no superaban solo a su torso sino también a sus piernas.

Aunque no era visible ante la oscuridad repentina que se cernía en aquel tropical bosque nevado, el cual minutos atrás demostraba un sol intenso, el contorno de su rostro esquelético resultaba lo suficientemente identificable como para comprender de quién se trataba con un solo vistazo.

Sus cuernos, gigantescos, repletos de curvaturas asesinas, tenían una perfecta forma de U que conectaba entre costado y costado de ese cráneo bestial que conformaba su cabeza.

Aunque los movimientos de sus largas piernas y extensas manos se veían lentos, el ente se movía con una velocidad infernal.

La vista directa a aquel fenómeno fue tan atrapante que Díaz quedó congelado en su sitio durante preciadísimos segundos. Los suficientes para que el mismo oso-perro que antrs había quebrado llegase hacia él, efectuando su venganza. La mordida del animal atravesó su muslo sin dudarlo. El hombre apretó el puño, antes de estirar la mano hacia la radio que había dejado caer.

—¡¿Díaz?! —se oyó, con estática, a través del otro lado —. ¡Perdimos comunicación! ¡¿Qué pasa?!

—¡Es...! —gritó el hombre, a través de la línea —. A la mierda. ¡Salgan todos del bosque! ¡Salgan ya!

Era correcto. Podía llorarlo o podía ignorarlo. Así es como llevaba viviendo su día a día desde hacía años. En esa ocasión, Leonardo Díaz escogió darle la espalda a su propia vida para intentar salvar la de sus compañeros. Sintió la garra dantesca del osoperro abrirle el estómago en dos. Sintió sus colmillos sacarle el intestino de un bocado.

Para bien o para mal, la resistencia que le brindaba su velthar era lo suficientemente grande como para sobrevivir el tiempo necesario, para lograr espetar unas últimas, dolorosas palabras. Con sangre fría chorreándole de los labios, concluyó.

—Es... Es el Wendigo... ¡El Wendigo va hacia Aluva--!

Entonces un estruendo seco hizo acto de presencia en la transmisión que oían los demás miembros a través del aparato. Allí mismo supieron que no volverían a ver con vida a sus dos socios.

Desde arriba, aquel bosque tan cercano a las gigantes playas de la región de Tarevia, con frondosos caminos llenos de verde brillante y vida fresca, dejaba observar una mancha gigantesca que contrastaba con obviedad temible.

En medio del trópico extremo se iba creando de a pocos un parche nevado, decorado por madera muerta y abstene de la luz del sol, que no pararía de expandirse hasta tomarlo por completo cual si fuese un parásito.

Y así, oculto a plena vista, sin necesidad de presentaciones, el caníbal comenzaba a hacer su jugada.

***

La música mantenía una melodía alegre, bailable, una suerte de cumbia combinada con pop moderno. Hacía eco a través de las paredes de la oficina del anciano, el cual danzaba por todas partes con una energía poco característica de alguien con su aparente edad.

Era un hombre alto y flacuchento, de facciones masculinas y ropajes ridículos; una camisa hawaiana destellante, un sombrero de pescador y unos shorts ya viejos, de lejos incluso con pinta empolvada.

Utilizaba de compañera de baile a una escoba, la cual tenía pegado un papel en el hipotético rostro, que a la vez mostraba el mal dibujo de unas facciones femeninas paupérrimas. Por debajo de la fibra, el objeto tenía colgado con cinta un sostén rosa con patrón de lunares, para dar a entender por completo su indudable feminidad.

Tarareando al ritmo de la canción, el hombre daba vueltas a su preciada escoba-esposa, la deslizaba de un lado a otro y hasta la pegaba a su pecho como en un vals romántico.

—¡Agüita e' coco para matar la sed! —cantaba —. ¡Agüita e' coco yo tengo que beber! —Y meneaba la cintura con velocidad hipnótica, incluso hasta curveando el trasero.

Cuando parecía no poder hacerse más bizarro, el hombre inclinó al aparato de limpieza, preparándose a darle un beso amoroso. Este acto, por desgracia, se vio interrumpido cuando la puerta de entrada a aquel habitación se abrió de un topetazo, con su manija saliendo disparada hasta el otro lado.

—¡La puta madre! —Dejó caer a su adorada, y abrió la boca y los ojos como quien ve a un muerto —. ¡Juanita!

¿Quién se había atrevido a causar el asesinato de la pobre Juanita? Debía ser un ente de frío corazón, más malvado que el mismísimo diablo. ¡Maldito! ¡Maldito seas, asesino de escoba-esposas!

Lira, la mujer de cabellos verdes, brotó del otro lado del marco con una mirada de disgusto absoluta.

—¿Se puede saber qué coño estás haciendo? —preguntó ella, mirándolo de arriba abajo.

La canción aún sonaba a todo volumen. El ritmo pegadizo de su son le daba la bienvenida al trío de sujetos confundidos que acababan de arribar al lugar, viendo a un anciano decrépito que hasta hace poco andaba bailando con un palo. Y que, además, parecía genuinamente afectado por haberlo dejado caer.

Estaba tan afectado, de hecho, que ni siquiera le respondió a la mujer. Simplemente volvió a girar la vista al objeto. Allí mismo, se agachó, lo tomó, y lo observó cuidadosamente. Un suspiro de alivio le salió del alma apenas ver que no se había agrietado. Sin decir nada, siguió su baile una vez más.

—... Hey.

Lira exclamó, con su puño cerrándose ahí mismo, lo cual no era exactamente una buena señal. Sin embargo, los segundos donde no hubo respuesta se mantuvieron largos. Preocupantemente largos. Tanto que casi parecían el capítulo 4 de esta novela.

Ante el silencio increíblemente incómodo que acababa de formarse, la tensión creada por la creciente ira de la mujer animal, y el temblor aterrorizado que comenzaba a formarse en las piernas del joven Eloy; Renzo Vega, el increíble pensador, no pudo evitar decir de inmediato lo primero que notó una vez ya se había concentrado bien en el escenario.

—¡Oh! Oye, me encanta esta canción.

La verdad es que era un temazo, sí.